Passer domesticus.
junio 18, 2019
Hay un sesgo en la forma en la que el pajarito en frente mío está caminando. Brinca y brinca, porque esa es su forma de andar, parece como si le doliese, parece como si por más intentos que este hiciera por brincar de vuelta, su patita no quisiera contribuir con él, ayudarle a continuar, sigo mirándole cuando simplemente se detiene, deja de moverse, puedo observar su pequeño plumaje subir a bajar por su respiración.
Me acerco un poco, no digo nada, no le sonrío, no le hablo, no hago nada. Usualmente hago de todo, generalmente porque pienso que los animales pueden sentir mis buenas intenciones, y si lo hacen no hay razones por las cuales tener miedo pero hoy no. Hoy no hago nada, solo acerco lentamente mi cuerpo hacia él, el pajarito no se fuerza así mismo lejos de mi tampoco, solo se queda ahí, estático, respirando.
«Me siento justo como tú», pienso y cuando la sensación se materializa en pensamiento, y la frase revolotea en mi cabeza, un nudo en mi estomago se vuelve plomo y me aplasta todo por dentro.
Quiero acariciarlo, pero me detengo cuando estoy lo suficientemente cerca para hacerlo.
No quiero que se aleje. No quiero asustarlo.
— Me duele mucho mi alma, pajarito— le susurro, más para mi misma que para que me escuche él. — Y ese dolor es como tú patita lastimada. No me deja caminar.
Lo estoy observando mientras mascullo esas palabras, intenta moverse de nuevo, aunque en el mismo lugar en el que está, revolotea su cabecita, mueve sus alitas. Es muy hermoso, tan hermoso que duele.
Está abriendo sus alas varias veces mientras mueve su cabecita una y otra vez, y ya que pia mientras lo hace, lo tomo como una respuesta. Como un gesto empático de un ser vivo a otro.
Me están saliendo lágrimas de los ojos, muchas lágrimas, pero no sollozo, tampoco tomo aire. Son lágrimas silenciosas que vienen de alguna parte de mi interior rompiéndose, incluso puedo sentir el crujir, lo acompaña un nudo en la garganta y unas ganas de dejar todo ir. Acerco uno de mis dedos y el pajarito brinca hacia atrás, pienso en decirle que no tenga miedo, pero yo tengo miedo, estoy aterrorizada y sé que si alguien me pide que no lo esté me sentiría peor. Dejo mi dedo justo ahi, sin moverlo, y no digo nada tampoco. El pajarito da otro brinquito hacia atrás, pero después otro hacia adelante, pienso en lo bonito que es hasta sentir el roce de su plumaje en mi piel, son unos breves segundos pero para mi es la sensación más hermosa que he sentido nunca.
Se siente como vida. No esto que estoy haciendo yo, respirar por obligación, levantarme por obligación, caminar como zombie, sonreír como zombie, estar nada más por hacerlo. Respirar solo porque si.
—Vas a estar bien.— Lo digo en voz alta rozándolo con mi pulgar. — estaremos bien ¿verdad?
Me duele demasiado no obtener respuesta, pero me levanto, dejo de invadir su espacio y justo en el momento en el que lo hago vuelve a brincotear en otra dirección, incluso vuela por unos segundos para alejarse más, y yo siento alivio, porque solo sé alejo de mi cuando yo me aleje de él. Sé que estará bien. Me siento en el suelo mientras él se acerca a otros pajaritos, brincando, picoteando su pico en el suelo.
Inopia.
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Huellitas.